lunes, 3 de junio de 2019

Vacaciones

Después de varias horas jugando en la arena, el niño decide levantarse.
Son las 15 en punto y el sol está en su máximo esplendor. El pequeño lo mira con el ceño fruncido, y alrededor se le pueden ver manchas blancas producto del bloqueador, ese que tan fastidiosamente su madre le aplicó una hora antes.
Sus manos (como las de todo niño) se encuentran pegajosas y la arena está adherida a ellas, las sacude y al no obtener resultado, jala desde una punta el vestido de la madre, haciendo un gesto y apuntando al mar. La señora ni se inmuta, pero el pequeño ve claramente como su madre hace un gesto de "ve, juega y disfruta". Enseguida, el niño se levanta y pasa sobre las piernas del padre, quien se encuentra tomando sol boca abajo. El pequeño comienza a correr, abriéndose paso entre la multitud de gente que hay, hasta que llega a la orilla del mar.
En verano el Litoral Central siempre está lleno, con centenares de extranjeros deambulando y diversos tipos de familias, sin embargo, hay algo mayoritariamente común: todos los adultos están bañándose con sus hijos.
La brisa marina le rocía el pelo, el viento lo despeina, el agua moja sus tobillos y de vez en cuando alcanza sus rodillas. Un niño de cinco años a orillas de un despiadado mundo.
Mirando con sus ojos bien abiertos, con un brillo especial, se da cuenta. Se siente atraído. Avanza entre la multitud, el agua comienza a llegarle al ombligo.
La gente no ve nada. Los padres despiertan. Gritan su nombre con desesperación. Se culpan entre ellos y lloran, lloran a más no poder.
El niño se sentía atraído. La gente no vio nada.
Mientras los padres dormitaban, el tiburón se lo llevó.


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